El olor tóxico del azúcar #Granada

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En las calles de Ban Nongrua, en Tailandia, el aire es pesado y huele mal. Con poco más de mil habitantes, respirar se hace tan difícil como en una gran ciudad y la mayoría de sus residentes se protegen continuamente con mascarillas y pañuelos. Los lugareños no vacilan en apuntar al culpable: una gran mole franqueada por muros de la que salen varias altas chimeneas. Es una de las refinerías de azúcar de Mitr Phol, la empresa azucarera más importante de Tailandia y de Asia.

Mitr Phol compró la fábrica de Ban Nongrua en 1995, en plena expansión y reorganización de la compañía. Las instalaciones habían sido inauguradas pocos años antes por otra empresa, la Prachuab Sugar Industry. “Al principio las máquinas hacían mucho ruido, día y noche. Apenas se podía dormir”, asegura Udom Theonoungiu, el antiguo doctor del pueblo ahora jubilado.

Alergia e infecciones

Mitr Phol mejoró las instalaciones, pero comenzó a producir energía con los restos generados durante la fabricación de azúcar. Acabó con un problema, el del ruido, pero generó otro, el de las infecciones respiratorias. “Un 30% de la población tiene alergia y hasta un 60% tiene que tomar medicación debido a infecciones respiratorias”, asegura su sustituto, el doctor Suvit Innama, que ha estado durante los últimos siete años recogiendo datos sobre el incremento de estas afecciones como consecuencia de la polución de la fábrica.

Para poder generar la energía, la fábrica almacena los residuos en grandes montañas de polvo blanco. El polvo está al aire libre, por lo que el viento se lo lleva y lo esparce en, al menos, diez kilómetros a la redonda. Los restos de caña son después quemados para alimentar a la propia fábrica de la electricidad y energía que necesita. Este tipo de combustible, llamado bagazo, es considerado de “residuo cero”, puesto que el CO2 generado es equivalente al absorbido por la planta a lo largo de su vida. Sin embargo, hay bastante polémica sobre las emisiones de nitrógeno y de dióxido sulfúrico relacionadas con la combustión. “Cada vez más niños pequeños tienen que tomar medicamentos porque no pueden respirar”, afirma el doctor Suvit. Algunos han desarrollado además problemas de piel e irritación en los ojos.
“Un 30% de la población tiene alergia y hasta un 60% tiene que tomar medicación debido a infecciones respiratorias”La producción industrial de azúcar genera muchas emisiones. Casi todas ellas pueden ser controladas e incluso reutilizadas, pero en países como Tailandia, donde la legislación medioambiental es menos estricta, a menudo se deja que las comunidades simplemente sufran las consecuencias. “La fábrica puede hacerlo bien. Cuando vienen a inspeccionarla desde el Ministerio, de repente todo está limpio y ya no hay emisiones”, asegura el doctor Suvit, quien está intentando que desde el Gobierno paren la ampliación de la fábrica que la empresa ya ha iniciado.

Contaminación del agua

Las aguas residuales son uno de los problemas más acuciantes. Tanto el procesamiento de la caña de azúcar como el de la remolacha, requiere de grandes cantidades de agua para poder lavar la materia prima y preparar el jugo en las concentraciones adecuadas. Algunas tienen circuitos cerrados, pero el Fondo Mundial para la Naturaleza ha denunciado que las fábricas agotan a menudo las reservas de agua locales y contaminan además los ríos y otros cursos con los desechos que generan. “En la época de lluvias aprovechan para tirar los residuos al río. Se piensan que así nadie se da cuenta”, asegura Saisamon, la mujer del doctor jubilado. Es el momento en que, anualmente, se limpian las fábricas y a menudo las aguas residuales acaban en ríos cercanos.

Pero han sido los descuidos y la mala gestión los que han ocasionado los peores episodios. En la propia Tailandia, en 1992, un vertido de melazas, un residuo de la caña de azúcar, en un río mató a buena parte de la fauna fluvial a lo largo de 350 kilómetros. Fue en una fábrica cercana a Ban Nongrua, pero afortunadamente para ellos, el curso del río no atravesaba sus tierras.

Estas melazas están fundamentalmente formadas por materia orgánica, ya sea caña o remolacha, que al descomponerse consumen todo el oxígeno del agua, ahogando a los peces. Los restos pueden mezclarse además con metales pesados, químicos y aceites. “Ha sido un tema candente durante muchos años. Las protestas de los años 70 tuvieron mucho que ver con la gran contaminación de las fábricas azucareras”, asegura Witoon Pemlpongsacharoen, director de la ONG ecologista tailandesa Towards Ecological Recovery and Regional Alliance (TERRA). El activista habla de toda una serie de protestas universitarias que comenzaron en 1973 y que culminaron con una masacre en octubre de 1976 en Thammasat, uno de los centros de estudios superiores más prestigiosos del país.
 

Uso de químicos

El uso de químicos durante el refinado tampoco es inofensivo. En los ecosistemas cercanos a las azucareras se han encontrado de forma frecuente concentraciones de amoníaco y de ácido sulfúrico. El aire también se ve afectado por las emisiones de la fábrica. Ese intenso olor que deben soportar en Ban Nongrua se debe a las emisiones generadas por la descomposición de materia orgánica en balsas de almacenamiento de aguas residuales. A esto se añade la gran cantidad de polvos y partículas que se generan a lo largo de todo el proceso, que acaban liberándose a la atmósfera y cargando el aire de las comunidades vecinas.
 
La desesperación lleva a la mayoría a querer mudarse. “Los vecinos ya están haciendo las maletas”, dice Saisamon, la mujer del antiguo médico, que no esconde su hartazgo por tener que limpiar continuamente y por no poder quitarse ni siquiera los zapatos al entrar en casa debido a la suciedad, un ritual sagrado para los tailandeses. La pareja ha participado activamente en los movimientos de protesta que durante años hubo en el pueblo para pedir que se cerrara la fábrica o se le obligara a tener controles más estrictos, pero ante la desidia de las autoridades, la mayor parte de los habitantes se han dado por vencidos. Saisamon y su marido han decidido quedarse, a pesar de que ambos tienen problemas respiratorios. “Ya no somos unos muchachos para marcharnos”, asegura la mujer, que vuelve a entrar en su casa con los zapatos puestos.

 (Este texto es un extracto adaptado del libro “Amarga Dulzura” recién publicado por el proyecto Carro de Combate y en el que sus autoras, Nazaret Castro y Laura Villadiego, investigan la cadena de producción del azúcar. El libro puede conseguirse en algunas librerías independientes y en la página web www.carrodecombate.com)

 

via Portada de DIAGONAL http://www.diagonalperiodico.net/global/21011-olor-toxico-del-azucar.html

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