A tres bandas: tres propuestas escénicas #Granada

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La buena noticia de El rey tuerto (Sala Mirador) es que se represente una obra de teatro en la que un chico al que una bala de goma de antidisturbios le ha vaciado un ojo se encuentra accidentalmente con el mosso d’esquadra que ha disparado.

El teatro se encuentra con la calle, feliz y frágil novedad. Vivimos tiempos intensos en lo político en los que el Estado enseña los dientes negros y reprime en el directo del telediario. No es un fantasma cualquiera. El teatro es un lugar privilegiado para exorcizar y pensar juntos lo que pasa cuando nos pasa el espanto de la violencia de Estado.

Marc Crehuet, desde la escritura y la dirección ,trata de que el espectador se enfrente a aparentes dilemas políticos de nuestra sociedad y tenga que tomar partido ante el asfixiante qué hacer.

Otra cosa es que lo consiga. El rey tuerto (Teatro Español) es una comedia sencilla, casi un sainete que sin embargo quiere ser negro. Lo peor es el recurso al estereotipo, al lugar común más opaco que no permite entrar en los personajes y menos aún recrear una situación sobre la que poder pensar y mostrar filos de unos activistas hipster de viñeta y de un policía creado para el escarnio. La actuación con luces en Betsy Túrnez, la mujer del poli, y a ratos largos Alain Hernández, el policía, es muy irregular y no ayuda a resolver un texto bienintencionado, desastrado y perfectamente inocuo que sin embargo hace reír bastante a un público que quizás no salga tan decepcionado.

Juan Diego, de gira, se encierra con el público en la estrechez de la sala para representar un monólogo de hora y pico con texto de Juan José Millás, La lengua madre. El género del monólogo es un morlaco que te puede voltear o fascinar.

Juan Diego hace tiempo que alcanzó un lugar casi mítico en la cosa actoral, el público está entregado antes de salir. Un gris profesor de lengua habla del lenguaje y de las palabras, el reto para poner en marcha el juego dramático será desarrollar mucho arte, del que Juan Diego es capaz, pero está desbocado en la dirección de Emilio Hernández y pesa la escuela, la tradición tan española y de posguerra de estirpe cómica en que cada frase, cada palabra es subrayada, actuada y rematada. El texto recorre los mundos propios de Millás, la extrañeza de la realidad que produce el lenguaje en la infancia y que constituye la física y la química de la propia vida, un recorrido por un pasado familiar que reconoce el público con una sonrisa y que además pretende ser político en la denuncia de la prostitución del lenguaje por banqueros y políticos pero que diría, no va más allá de la buena recepción de un público fiel. Añoranza de sobriedad en la actuación y confianza, precisamente, en la palabra.

No es posible echar de menos lo que no ha pasado y sin embargo este tiempo que vivimos, animado, crudo y esperpéntico, echa de menos terriblemente un Valle-Inclán que lo cuente.

Como muestra y remedio un soberbio Tirano Banderas (Teatro Español). La figura del genio es pesada y tramposa, se utiliza como trampantojo para apuntalar literaturas nacionales o esencias patrias, siempre con el genio muerto y frecuentemente de hambre. Pero si hubiera que reconocer una figura que se aproxime al genio, que crea un lenguaje y un mundo rabiosamente inscrito en su tiempo pero desde algún lugar inaccesible para los demás ese es Valle-Inclán, que hace de su propia vida personaje y arte.

La exuberancia modernista del lenguaje de Valle es el castellano de las lavanderas y las tabernas pero injertado de los clásicos hispanos y grecolatinos, en este caso además, se trae un español mestizo de su periplo americano.

Tirano Banderas es una novela esperpéntica, por eso el mérito de la adaptación de Flavio González Mello que ha respetado las palabras y el lenguaje milagroso del original en una trama teatral al servicio de la narración, de la acción de una miríada de personajes ensamblados en un mecano de nueve actores esforzados que dan vida a decenas de personajes deliciosamente valleinclanescos.

Su director, Oriol Broggi, ha encajado este fresco de los generalotes fantoche de principios del siglo XIX y XX latinoamericano en un tiovivo dramático del esperpento que inventó Valle, un carrusel que mete y saca de escena a indios, magos, videntes, militares, prostitutas, revolucionarios, ministros y un largo etcétera de la mirada alucinada y atenta con que Valle es capaz de reconstruir el mundo, deformándolo a través de los espejos curvos de su esperpento para ver a través algo que el espectador reconocerá inmediatamente como verdad.

Broggi cuenta en el libreto que se han acercado a Valle “con respeto pero sin demasiados complejos”. De ahí la nobleza del montaje, donde raramente y a diferencia de la tendencia de los grandes montajes de nuestro teatro todo queda al servicio de las palabras, narrando a ratos y vaciando de espectacularidad a unos personajes que son trazos mágicos y vivos de figuras esperpénticas de Valle y Tirano Banderas.

Este montaje es el primero del Proyecto Dos Orillas, cuyo equipo es mestizaje iberoamericano, un favor para el rendimiento de un texto entre las dos orillas y que es dicho en al menos ocho acentos nacionales diferentes.

Don Ramón María hubiera brindado con un ¡me quito el cráneo!

via Portada de DIAGONAL http://www.diagonalperiodico.net/culturas/21016-tres-bandas-tres-propuestas-escenicas.html

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